La concentración sectorial es una de las mejores fórmulas para crear compañías más sólidas y competitivas, pero también es un proceso peligroso y una vía rápida para colgar el cartel de ‘cerrado por cese de negocio’.
Según todos los manuales del management, lo peor que se puede hacer cuando se desata una tormenta financiera es esperar a que amaine el temporal sin hacer nada. En estos casos, el naufragio está casi asegurado. La estrategia de una compañía es algo vivo que hay que adaptar a las circunstancias de cada momento.
Tradicionalmente, los propietarios de pequeñas y medianas empresas siempre han sido reacios a las fusiones o a la venta de un negocio al que han dedicado toda su vida.
Sin embargo, la crisis obliga no sólo a ser más imaginativos, sino también a hacer pequeños sacrificios para salvar compañías que, pese a ser viables, no tienen capacidad financiera suficiente para afrontar los retrasos en los pagos de los clientes o, simplemente, necesitan abordar nuevos mercados por la contracción que se vive en las plazas locales.
Las fusiones son una forma de afrontar la crisis por la caída del mercado, ya que son una forma rápida de mejorar la productividad y de absorber gastos fijos.
Los expertos advierten de que también conllevan un alto riesgo que, en muchos casos, puede suponer el fin de negocios hasta ahora muy rentables.
Una integración nunca es fácil para una gran empresa, y mucho menos para una pyme, donde la cultura corporativa y el paternalismo empresarial están más presente que en las grandes multinacionales.
Siempre quedan casos en el que las compañías con una jerarquía bicéfala terminan triunfando, como fue el caso de Google.
Una situación de quiebra no es un argumento para iniciar uno de estos procesos, ya que, si dos empresas no son viables, difícilmente lo van a ser juntas.


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